Antesala a la poética del espacio de Gaston Bachelard
Antes de ser “lanzado al mundo”, el ser humano es acogido en el interior protector de la casa.
Antes de habitar una ciudad, ha habitado un rincón, una cama, una sombra que lo ampara.
Así lo afirma Gaston Bachelard al inicio de La poética del espacio, donde no se propone analizar el espacio habitado desde la lógica de sus partes ni desde una descripción exterior, sino captar el centro mismo de la imagen poética de la intimidad protegida, en el instante de su aparición en la conciencia.
“La casa es nuestro rincón del mundo, nuestro primer universo, es realmente un cosmos.”
La casa es una gran unificadora de recuerdos, deseos y pensamientos, más allá de su función de alojar el cuerpo. Es el ensueño —y no la utilidad— lo que le confiere ese poder. Leer a Bachelard es evocar los beneficios protectores del espacio habitado sobre el alma que sueña. Por eso, la casa no es objeto, sino sujeto: guarda, sueña, respira con nosotros.
A través de sus páginas, Bachelard nos presenta imágenes de escaleras, buhardillas, sótanos, nidos y conchas, en el mismo momento de su nacimiento poético. No teoriza el espacio, sino que lo restituye a su plenitud vivida, a su resonancia afectiva. “Todo espacio habitado —dice— lleva como esencia la noción de casa.”
“Sin la casa, el hombre sería un ser disperso.”
Lejos de oponerse a la realidad, la imaginación la intensifica, la espesa, la protege. Lo imaginario se convierte en un principio de valoración íntima. Así, una vivienda humilde puede ser la más bella. Un rincón en penumbra, el germen de una felicidad central. Un objeto mínimo, el símbolo entero del universo.
Esta entrada quiere ser esa antesala: una invitación a entrar con calma en el libro, a dejarse acompañar por su voz, incluso sin necesidad de comprenderlo todo. Una voz que nos recuerda que la vida comienza en un bienestar: el del ser acogido en el espacio protegido de la casa primera.
