El refugio de Malaparte en Capri

© 2025 Santiago Arderius

A la isla de Capri se llega en cualquiera de los barcos que zarpan diariamente desde Nápoles o diversos puertos de la Costa Amalfitana. Nosotros lo hicimos desde Sorrento, a primera hora de una mañana de mayo. En esta zona abierta al Tirreno, la intensidad turística del verano aún no se había alcanzado, aunque ya era notable la concurrencia: atascos en las carreteras y una multitud agolpada en la entrada del funicular que conecta la marina de Capri con el centro urbano, situado en lo alto de la isla.

Marina de Capri, © 2025 Santiago Arderius.
Calle de Capri
© 2025 Santiago Arderius

Allí, tras un paréntesis de calma durante una comida temprana en un restaurante con vistas al Golfo de Nápoles, emprendimos la marcha hacia nuestro verdadero destino: la Casa Malaparte. El recorrido nos llevó primero a los Jardines de Augusto y, después, a la Certosa de San Giacomo, continuando por la Via Tragara y la Via del Pizzolungo, hasta tomar el sendero particular que conduce a la Punta del Massullo. Desde allí, logramos acercarnos al punto más próximo para contemplar la casa y el abrupto sendero de escaleras que desciende hacia el mar. Una cancela impide avanzar más, pero incluso a esa distancia se revela el espíritu del lugar: un refugio encastrado en un abrupto promontorio, asomándose al paisaje a través de sus ventanas; una cubierta que, como una habitación sin paredes, se abre al cielo y a un horizonte marino.

El regreso lo hicimos por la Via del Pizzolungo hasta la Grotta di Matermania y, más adelante, por la Via Arco Naturale, hasta volver al centro de Capri. Un itinerario que, paso a paso, prolonga ese mismo espíritu y carácter.

© 2025 Santiago Arderius

Malaparte: vida y carácter reflejados en la casa

Curzio Malaparte, seudónimo de Kurt Erich Suckert, fue escritor, periodista, diplomático y cineasta italiano cuya vida estuvo marcada por un inusual vaivén ideológico y estético. Nació en Prato (Italia) en 1898, hijo de padre alemán y madre italiana, y pasó parte de su infancia entre campesinos toscanos. Se alistó en el ejército francés para luchar en la Primera Guerra Mundial, y tras el conflicto inició una carrera diplomática, participando en la conferencia de paz de Versalles y trabajando en Polonia.

En 1921 adoptó el seudónimo Curzio Malaparte, ironizando sobre Napoleón Bonaparte, y en 1922 se unió al partido fascista de Mussolini, aunque pronto mostró discrepancias con el régimen. Abandonó el fascismo en 1931 y publicó en Francia dos obras decisivas: Técnica del golpe de Estado y Le Bonhomme Lénine. A su regreso a Italia fue confinado en Lipari (1933-38), donde escribió obras autobiográficas y de denuncia.

En 1939 fundó la revista Prospettive, dando espacio a autores antifascistas y judíos, desafiando abiertamente al régimen. Durante la Segunda Guerra Mundial fue corresponsal en Grecia, Rusia y Finlandia. De esas experiencias nacieron sus obras más célebres: Kaputt (1944), cruda crónica de la guerra, y La piel (1949), relato sobre sus vivencias en Nápoles tras la liberación.

Residió en París y, después, en Capri, donde exploró también el cine. En 1956 viajó a China y expresó simpatías por el comunismo. Intelectual incómodo y personalidad compleja, su vida estuvo marcada por rupturas, persecuciones y una insobornable necesidad de independencia.

Curzio Malaparte falleció en Roma el 19 de julio de 1957, tras abrazar el catolicismo poco antes de morir.

Malaparte en Lipari, frente a la Iglesia de L’Annunziata, con la escalinata inspiradora de la de su casa de Capri.
© 2025 Santiago Arderius

Sin entrar en la polémica sobre la autoría, lo cierto es que Malaparte consideró la casa como su reflejo edificado, llamándola “Casa come me” (“Casa como yo”): refleja sus tensiones internas —aislamiento y teatralidad, austeridad y monumentalidad—, enraizándose en el territorio y abriéndose al horizonte, combinando retiro y puesta en escena.

Proyecto y construcción

El proyecto original fue encargado al arquitecto Adalberto Libera en 1937, pero la casa que finalmente se edificó bajo las instrucciones de Malaparte y el constructor Adolfo Amitrano fue totalmente reconfigurada. Construir en este emplazamiento no era sencillo: el terreno protegido solo permitía una pequeña construcción para usos agrícolas, y los bocetos de Libera no contemplaban la abrupta orografía, difícil de abordar con los medios de la época. Basta imaginar el esfuerzo de trasladar materiales y herramientas en pequeñas embarcaciones, desembarcarlos y elevarlos manualmente por un escarpado sendero escalonado.

Así, el diseño de Libera —un cuerpo rectangular escalonado sobre superficie plana— se transformó durante la construcción en un volumen monolítico, encajado sobre la cresta rocosa e interiormente distribuido en tres niveles coronados por una cubierta única. A esta cubierta se accede desde el exterior por una escalinata inspirada en la de la iglesia de L’Annunziata de Lipari, donde Malaparte estuvo recluido por su distanciamiento del fascismo. No obstante, se mantuvieron algunos elementos del proyecto de Libera, como la planta rectangular, la orientación hacia el mar y el enfoque monumental y abstracto del edificio.

Nodo cultural y resonancia interdisciplinar

Casa Malaparte ha adquirido una dimensión cultural singular: ha albergado encuentros creativos, sesiones fotográficas, rodajes y estancias artísticas. Su concepción y su uso cruzan arquitectura, literatura, cine, fotografía y música. Fotógrafos como Karl Lagerfeld o Mimmo Jodice han captado esa ambivalencia: fortaleza y altar, nave y acantilado. Escritores y poetas la han descrito como barco varado, templo pagano u organismo vivo. Cada mirada suma una capa de significado.

La relación entre Casa Malaparte y Jean-Luc Godard en “Le Mépris” es uno de los vínculos más icónicos entre arquitectura y cine. Godard convierte la casa en un auténtico personaje cuya terraza es escenario de profundos conflictos emocionales y simbolismos visuales. Los protagonistas de la película disputan sobre ese plano atemporal, rodeados por mar y cielo, entre resonancias míticas y referencias clásicas —la Odisea, Penélope— que reafirman el carácter profundo y primigenio del lugar.

La Casa Malaparte, en la abrupta Punta del Massullo, aparece como umbral de un espacio casi sobrenatural. Su emplazamiento, suspendido entre el acantilado y el mar, genera una atmósfera que evoca lo telúrico y subterráneo del mediterráneo mítico. En el contexto de “Le Mépris”, estas referencias se intensifican: los personajes hablan sobre la Odisea y la espera de Penélope, y la arquitectura se convierte en metáfora de la demora y la separación física y emocional.

No es casual que la casa parezca dialogar con Neptuno: el mar envuelve la escena, y la fuerza telúrica del acantilado recuerda la presencia de lo elemental. El paisaje y la arquitectura se fusionan, creando un lugar donde lo humano y lo divino, lo íntimo y lo épico, se funden en una narrativa visual evocadora del mito clásico.

Aproximación: paseo arquitectónico y asentamiento en el paisaje

La Punta del Massullo es un promontorio rocoso que se proyecta hacia el mar y que, aunque en muchas imágenes tomadas desde el agua parece el punto más alto, en realidad está a una cota bastante inferior al cuerpo principal de la isla. Pese a lo abrupto y espectacular del entorno —y sin menoscabo de su carácter aislado e indómito—, este cabo constituye una pequeña porción frente a la gran masa de la isla de Capri.

Este hecho condiciona la aproximación: el sendero serpentea por el perímetro desde la parte alta de la isla, permitiendo el primer avistamiento desde lo alto. Desde este punto parte el camino particular que conduce a la casa, un paseo arquitectónico descendente que revela tres momentos significativos:

  1. Primer avistamiento desde arriba: un volumen macizo, cuerpo abstracto horadado por ventanas, parece un basamento de piedra para un espacio superior abierto al cielo. La ausencia de horizontales y verticales dominantes refuerza su cualidad escultórica incrustada en la cresta, como zócalo para un temenos.
  2. Descenso frontal hacia la cubierta alineada con el horizonte: un muro curvo, como vela o pantalla, oculta la actividad de la cubierta y guarda su misterio. Entonces, el plano de la terraza se convierte en línea que se funde con el horizonte a la altura de los ojos. El edificio adquiere monumentalidad creciente al descender por una estrecha escalera frente a la escalinata principal.
  3. Llegada al pie de la escalinata trapezoidal: en el punto más bajo, entre la escalera de acceso y la subida a la cubierta, la tensión visual y la monumentalidad son máximas gracias a la divergencia de los bordes, que magnifica la perspectiva en el ascenso. Es posible descender a la derecha del volumen para entrar, bajar por la escarpada senda hasta el mar, o ascender a la cubierta, ritualizando el acceso sobre la convexidad del muro curvo que sale al encuentro.

Estructura espacial y carácter

Hay una separación radical entre el espacio superior de la cubierta y el interior: se accede a la terraza por la escalinata exterior, mientras que, para entrar al edificio, hay que descender hasta una puerta lateral. En un primer momento constructivo existía una entrada en el eje de la escalinata, pero en el edificio actual esa decisión refuerza la independencia simbólica de la cubierta.

Esta ambivalencia responde a dos modos complementarios de relación con el entorno: la fusión de la terraza superior con el cielo y el mar, en un recinto apenas delimitado; y el refugio-cueva, que se asoma a un mar cambiante que bate continuamente la roca emergente. Ambas formas de habitar configuran una unidad indisoluble, bifronte, en la que la síntesis de la construcción con el entorno ha generado un lugar con un fuerte carácter, dotado de un genius loci poderoso.

En el interior, las habitaciones se distribuyen en tres niveles:

  • El nivel superior ocupa toda la planta y está definido por un eje longitudinal que articula las estancias principales —salón, estudio— y por ejes transversales que las ventanas enfrentadas dibujan en el espacio. Las habitaciones se comunican sin corredores, en un recorrido que atraviesa el salón en su longitud hacia las habitaciones de mayor privacidad, concluyendo en el estudio del escritor, en una posición privilegiada con ventanas abiertas en tres direcciones del entorno.
  • El nivel intermedio, menor en superficie, alberga la entrada y habitaciones de invitados, configurando un espacio más recogido y orientado al acceso. El visitante accede aquí, intensificando el contraste entre la cubierta —abierta, cósmica, casi sacra— y el interior protegido, de carácter telúrico y refugio frente al paisaje abrupto.
  • El nivel inferior contiene las estancias de servicio, adaptadas a la geometría irregular de la roca y conformando una referencia constante a la tierra, el fuego (la chimenea), el rumor del mar y las rocas vistas desde las ventanas bajas, lo que crea una sensación de arraigo con los elementos naturales.

Los accesos separados a la cubierta, por la escalinata exterior, y al interior, por el nivel intermedio, intensifica el contraste entre exterior y refugio. El visitante experimenta dos caracteres opuestos: el temenos superior, espacio cósmico, apenas delimitado, abierto al sol, la luna y las estrellas, en continuidad con la superficie marina; y el interior telúrico, entorno preclásico reflejo de la personalidad y carácter de Malaparte. Las habitaciones actúan como refugios orientados hacia las rocas, incluso a través del fuego de la chimenea, en un lugar adaptado a la roca, acompañado por el rumor del mar que puede alcanzarse por la escalera tallada en piedra.

Este contraste entre interior ctónico y cubierta cósmica está en armonía con el genius loci, donde el mar abierto y el cielo dialogan con la masa rocosa bajo el sol mediterráneo.

Contraste espacial: cosmos y tierra

Habitar el refugio de Malaparte en Capri es una experiencia dual:

  • El temenos superior, abierto al cosmos y la luz mediterránea, es aspiración hacia lo celestial e infinito.
  • El interior permite una experiencia casi preclásica, telúrica, vuelta simbólica a lo esencial y arcaico, en sintonía con el espíritu de Malaparte y el genius loci de Punta Massullo. Las estancias son refugios en diálogo con la roca y el mar. Chimenea, ventanas alineadas y acceso al agua por la escalerilla tallada fomentan el diálogo entre tierra, fuego, agua y aire.
© 2025 Santiago Arderius

Si se analizan los encuentros entre la casa y el entorno, se observa que el asentamiento se produce con mínima transformación, adaptándose a la irregularidad del terreno, casi como si el volumen se encastrara entre las rocas. Los muros lisos, sin más articulación que las ventanas recortadas, permiten contemplar el espacio exterior. La cubierta se abre al mar y al cielo, un recinto cuyo límite es la línea de su perímetro, apenas insinuada por el resalte de ladrillo en la coronación de la fachada y por la pantalla curva que separa el espacio de la masa rocosa. Ese resalte perimetral proporciona una definición volumétrica limpia, coherente con el diseño abstracto; una línea de cornisa la diluiría.

Esta forma de crear un lugar entre el cielo y la tierra convierte la casa en un umbral de mediación entre dos mundos: espacio de contemplación y recogimiento junto a la apertura absoluta. Un lugar así aporta densidad al tiempo de quien lo habita; frente a la transitoriedad generada por la erosión y el cambio, el refugio resiste y su carácter permanece.