La yurta tradicional: habitar el cosmos en movimiento

Entre las grandes llanuras de Asia Central, los pueblos nómadas levantaron con sabiduría y belleza una forma de hogar circular, ligera y duradera. Esta entrada recorre la arquitectura, el sentido y la diversidad de las yurtas tradicionales.

Lejos de los valles fluviales donde se fundaron las ciudades de los primeros imperios, existieron formas de habitar que acompañaban a los pueblos que recorrían la inmensidad de la llanura asiática.
Entre ellas destaca la yurta, por su perfección funcional y simbólica: una vivienda nómada, ligera y resistente, que ha albergado durante siglos a los pueblos de las estepas de Asia Central.
A la vez cobijo y pequeño universo portátil, protegido por su estructura flexible, con el cielo en su cubierta y el fuego en su centro.
Esta entrada es una invitación a descubrir la forma y las variantes de las yurtas tradicionales, y la visión del mundo que las anima.

Foto de Ariungoo Batzorig en Unsplash

¿Qué es una yurta?

La yurta es una estructura circular, portátil y desmontable, perfeccionada a lo largo de siglos por los pueblos nómadas de las estepas de Asia Central.
Su forma sencilla es el resultado de una compleja sabiduría práctica: es ligera para ser transportada, robusta y flexible para resistir los vientos de las llanuras abiertas, y adaptable a temperaturas extremas, tanto bajas como altas, con gran eficiencia térmica.
Sus partes esenciales son: una pared de madera entrelazada que se expande en un círculo perfecto (jana), un anillo central elevado (tono) que sostiene el cielo interior, y un entramado de postes de techo (uni) que conectan ambas partes en un equilibrio de tensiones.
Una yurta no es solo una tienda: es una vivienda completa, que simboliza el cosmos, aloja el hogar y protege la vida en tránsito.
Su forma, casi inalterada desde la antigüedad, revela una profunda relación de conocimiento y respeto hacia los ámbitos naturales en los que se asienta.

La estructura de la yurta: elementos principales

© 2025 Santiago Arderius Marín

La yurta se basa en un principio de equilibrio entre la fuerza de tracción de la envolvente y la de compresión del armazón, configurando una construcción autoportante de gran estabilidad.
El cuerpo principal está formado por tres elementos esenciales:

  • El jana: una celosía flexible y extensible de madera, que se despliega para formar el cerramiento circular de la yurta. Ligero pero resistente, se transporta fácilmente cuando está plegado.
  • El tono: un anillo central abierto que corona la estructura, a la vez respiradero de humos y símbolo del cielo, sobre el hogar central que ordena la vida interior.
  • Los uni: varas que conectan el jana con el tono, conformando la estructura de la cubierta de perfil bajo, aerodinámico y muy resistente a los vientos de la estepa.

Una vez ensamblados, estos tres elementos generan una estructura autoportante, capaz de resistir las inclemencias del clima extremo con sorprendente eficiencia. La forma circular no solo favorece la estabilidad frente al viento, sino que también refuerza la sensación de unidad y continuidad en el espacio habitable.

Organización interior y sentido simbólico de la yurta

La forma de la yurta, práctica y resistente, es también una representación de un orden cósmico: expresa la continuidad de la vida en su forma circular, y el equilibrio entre el mundo visible terrestre y el invisible celestial.
sobre el centro gravita el tono, anillo abierto que sostiene el cielo interior, desde el que descienden los uni o varas que soportan la cubierta, a modo de radios de una rueda cósmica. El fuego central bajo el tono, es una fuente de calor, de vida y de comunicación con las fuerzas invisibles.
Bajo el tono, el fuego ocupa el lugar central: fuente de calor, de vida y de comunicación con las fuerzas invisibles, una presencia sagrada que va más allá de su utilidad como cocina o calefacción.
La yurta está orientada según un orden simbólico, en el que la puerta se orienta al sur, hacia el sol del mediodía, y en el norte, mirando hacia ella, se sitúa un altar o espacio de honor que acoje los objetos sagrados, imágenes religiosas y símbolos de la familia. El interior se divide según un patrón que se repite con frecuencia:

  • El lado oeste es el dominio masculino: se guardan allí las herramientas, las armas, las sillas de montar y se reciben a los invitados de honor.
  • El lado este pertenece a las mujeres y a la vida doméstica: alimentos, vajilla, tejidos, y el cuidado de los niños.
  • Cerca de la puerta se sientan los visitantes de menor rango, los sirvientes o los animales que necesitan cobijo.

La costumbre ha establecido unos ritos de cortesía que se deben respetar: no pisar el umbral, ni pasar entre el fuego y el tono, ni tocar los postes centrales sin necesidad.
Habitar la yurta es, en cierto modo, habitar un microcosmos donde cada cosa tiene su lugar y su sentido.

Variantes históricas de la yurta

Aunque la estructura básica de la yurta se ha mantenido sin grandes cambios durante siglos, existen distintas variantes según los pueblos que la han habitado, cada una con particularidades formales y culturales.

  • La yurta mongola, llamada ger en lengua jalja, tiene un techo con varas rectas (uni) que que une la estructura de las paredes con el anillo superior (tono), abierto hacia el cielo y apoyado en dos postes verticales interiores (bagana). Esta forma es habitual en Mongolia, Buriatia, Kalmukia y la región túrquica de Tuva, donde sigue siendo el hogar principal de muchas familias.
  • La yurta turca o kazaja, tiene un techo abovedado porque utiliza varas curvadas (uuk) que distribuyen el peso del cerramiento y del tono hacia las paredes, prescindiendo así de postes centrales. Esta estructura es más estable y permite un interior diáfano. Se encuentra en Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán. En estas regiones, el nombre para la yurta varía: kïiz üy en kazajo, boz üy en kirguís, ak öý o gara öý en turcomano.
  • Simultáneamente a la edad media europea, algunas yurtas adquirieron formas aún más complejas, como la jibitja o ger tergen: una yurta montada sobre una gran carreta tirada por una gran yunta de bueyes, descritas por los viajeros de la época como verdaderas casas sobre ruedas. Eran un lujo exclusivo de los jefes tribales y miembros de la élite, que se usaban no solo como residencias, sino también como instrumentos de poder, refugio para banquetes o lugar de encuentro político. Algunos relatos mencionan yurtas lujosamente decoradas con brocados, perlas o incluso clavos de oro.

Más allá de estas peculiaridades, todas las variantes comparten la forma circular, el centro simbólico del hogar, y la idea de un refugio móvil que expresa la forma de vida y la visión del mundo de los pueblos que la habitan. Y esta herencia cultural permanece viva en gran medida en las yurtas que siguen siendo parte del paisaje en muchos lugares a día de hoy.